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‘Jimmy' goza de su felicidad

A los 84 años, Jaime Arreguin queda contento al hacer sonreir a la gente

VANESSA WILLIS
vwillis@charlotteobserver.com
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    “¿Cuándo me jubilaré?” pregunta Jaime "Jimmy" Arreguin, 84. “Esa es una pregunta que todos me hacen. Me gustaría jubilarme y hacer nada más que pasar el tiempo con mi esposa, pero es difícil para mi estar en casa y hacer nada. Necesito estar aquí, con toda la gente amable”.

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    El gafete que porta Jaime "Jimmy" Arreguin en el Harris Teeter de Ballantyne Commons Parkway.

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    Jaime "Jimmy" Arreguin

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    Jaime Arreguin, 84, y su esposa, Natalie Newell, se conocieron en 1968 en Washington. Se casaron en 1993.

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    Jaime “Jimmy” Arreguin, 84, carga las bolsas de comestibles en el carro del cliente D.W. Byrum. Arreguin, oriundo de México y naturalizado como ciudadano estadounidense, trabaja en el Harris Teeter de Ballantyne Commons Parkway.

Su gafete dice “Jaime”, pero muchos le dicen “Jimmy.”

Saluda con la cabeza cortésmente y sonrie cuando los clientes malpronuncian su nombre.

Sin importar como lo llaman, Jaime “Jimmy” Arreguin se ha convertido en una figura conocida en Ballantyne. Jimmy, de 84 años de edad con el pelo blanco, trabaja seis horas diarios entre semana llenando las bolsas en el supermercado Harris Teeter de Ballantyne Commons Parkway. Todavía se mueve rápido, acomodando los comestibles en las bolsas y cargando las bolsas en los vehículos de clientes décadas más jóvenes que él mismo.

“Me encantan los niños pequeños que se portan mal porque siempre los hago sonreir y mejorarles el día a sus mamás”, dice Jimmy, un oriundo de México cuyo acento ha disminuido durante los años.

“Los pequeños me llaman, ‘Sr. Jimmy! Sr. Jimmy!', y eso me hace muy feliz”.

Jimmy ayudó a inaugurar la tienda de Ballantyne en 1999 y fue el primer “Empleado del Mes”, dice su esposa Natalie Newell, 63. Los clientes han llegado a esperar verlo, y lo felicitan por su energía y ética laboral.

“¿Cuándo me jubilaré?” pregunta Jimmy. “Esa es una pregunta que todos me hacen. Me gustaría jubilarme y hacer nada más que pasar el tiempo con mi esposa, pero es difícil para mi estar en casa y hacer nada. Necesito estar aquí, con toda la gente amable”.

Hace todo lo que le corresponde a un cargador de bolsas. Pero, por el bien de la seguridad, solamente mueve no más de cinco carritos de compras a la vez.

Según la Oficina Federal de Estadísticas Laborales, trabajadores de 75 años o más componen menos del 1 por ciento del total fuerza laboral en Estados Unidos.

Natalie dice que Jimmy nunca se queda quieto, a pesar de su artritis y otros problemas de salud.

“Contratamos a un servicio para el césped despues que Jimmy tuvo doble cirugias de reemplazo de rodillas, y apenas este verano me hizo despedirlos porque él queria hacerlo de nuevo él mismo”, dijo ella. “Sale y lo corta y arranca la mala hierba, y poda las ramas. Él tiene más energía que la gente de un tercio de su edad, y es asombroso”.

Cuando se relaja, le encanta ver el beisbol y fútbol americano por la televisión. Es fánatico de los Washington Redskins.

“Cuando era joven en México, jugaba fútbol, y por supuesto ésto fue antes que los americanos se dieron cuenta como era el verdadero fútbol”, dice Jimmy con una risa.

Jimmy llegó a Estados Unidos de México cuando era muy joven, y se convirtió en ciudadano naturalizado en octubre de 1989.

Pasó varios años trabajando en el famoso Blue Room del hotel Shoreham en la ciudad de Washington. El hotel y club historico atrayó a dignitarios y celebridades, incluso al presidente Harry Truman, quien disfrutaba de largos juegos de poker con varios senadores. El Blue Room fue el lugar favorito de una futura pareja presidencial, John F. Kennedy y Jackie Bouvier, cuando eran novios. También fue el escenario de la primera presentación de Liza Minnelli.

Jimmy y Natalie se conocieron en el Shoreham en 1968. “El fue uno de los últimos meseros con guantes blancos al estilo frances en Washington”, dice Natalie.

Fue un romance largo y se casaron en 1993.

La segunda carrera de Jimmy fue la reparación de automóviles – tuvo un taller en Washington.

“Fue su verdadera pasión”, dice Natalie.

Vendió el negocio hace 10 años cuando la artritis le hizo demasiado duro trabajar en los carros.

“En Washington, todos lo conocian”, dice Natalie. “Si parabamos en un semáforo, alguien en el carro del lado pitaría la bocina y le saludaba. Cuando hablabamos de irnos de Washington para estar cerca a la familia en Charlotte, se deprimió. Dijo que iría a un lugar donde nadie conocia ni a él ni su historia, ni sus logros”.

Pero se enamoró con Charlotte durante una visita en la primavera de 1999, y accedió a mudarse. Decidió buscar empleo en Harris Teeter para estar fuera de la casa y estar cerca de la gente.

“Y para pagar su carro, su aseguranza y su ron”, dice Natalie.

Ella es secretaria en una firma de abogados en el centro. Viven en el área de Ballantyne.

Al parecer, en todas partes que van ahora, la gente reconoce a Jimmy por la tienda.

“La gente lo reconoce y lo saluda como si fuera un viejo amigo”, dice Natalie. “Es un hombre feliz.”

Traducido por Rogelio Aranda (704-358-5013; raranda@charlotteobserver.com).

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